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Una mirada de lo que pasa a nuestro alrededor y mas alla en el Cielo Profundo
Cráter de Stickney - Luna Fobos de Marte
9 de octubre de 2026
El cráter Stickney, el más grande de Fobos, la luna marciana, recibe su nombre de Chloe Angeline Stickney Hall, matemática y esposa del astrónomo Asaph Hall. Asaph Hall descubrió ambas lunas del Planeta Rojo en 1877. Con más de 9 kilómetros de diámetro, Stickney tiene casi la mitad del diámetro de Fobos, tan grande que el impacto que lo formó probablemente estuvo a punto de destrozar la pequeña luna. Esta imagen en color realzado de Stickney y sus alrededores fue captada por la cámara HiRISE a bordo del Orbitador de Reconocimiento de Marte (Mars Reconnaissance Orbiter) cuando pasó a unos seis mil kilómetros de Fobos en marzo de 2008. Aunque la gravedad superficial de Fobos, similar a un asteroide, es menor que 1/1000 de la gravedad terrestre, las vetas sugieren que material suelto se deslizó dentro de las paredes del cráter con el tiempo. Las regiones de color azul claro cerca del borde del cráter podrían indicar una superficie relativamente expuesta recientemente. El origen de los curiosos surcos en la superficie es misterioso, pero podría estar relacionado con las fuerzas de marea experimentadas por Fobos en órbita cercana o con el propio impacto que formó el cráter .
Crédito:HiRISE , MRO , LPL (U. Arizona) , NASA

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La nube más curiosa de Marte se basa en una física bastante extraña.
Si alguna vez tienes la oportunidad de estar al pie del gigantesco volcán Arsia Mons en Marte durante la primavera o la temporada de polvo del verano, serás testigo de uno de los espectáculos más impresionantes del sistema solar al amanecer: la dramática aparición de la Nube Alargada de Arsia Mons (AMEC).
Un equipo de científicos ha descubierto que una gigantesca nube marciana de hasta 1.800 kilómetros podría formarse mediante un fenómeno físico nunca observado directamente en una atmósfera planetaria: la congelación espontánea del vapor de agua sin necesidad de partículas de polvo. El hallazgo, publicado en Nature Geoscience, cuestiona algunas ideas sobre cómo nacen las nubes.
Una nube de 1.800 kilómetros que nace cada mañana y desaparece misteriosamente
Primero, se forma una nube en lo alto, causada por el aire que asciende por las laderas del volcán, donde se congela la escasa cantidad de vapor de agua presente en la atmósfera. Luego, forma una estela que se extiende por la inmensidad del cielo, impulsada por vientos de hasta 600 kilómetros por hora.
Durante años, los investigadores conocían su existencia, pero no conseguían explicar satisfactoriamente su formación.
Ahora, gracias a las observaciones de la sonda Mars Express y a sofisticadas simulaciones atmosféricas, los científicos creen haber encontrado la respuesta. Y lo más sorprendente es que podría obligarnos a revisar también algunos procesos meteorológicos de la Tierra.
Los investigadores sabían que se trataba de una nube orográfica, es decir, relacionada con el movimiento del aire alrededor de una montaña. El problema era que las simulaciones meteorológicas convencionales no conseguían reproducir su extraordinaria apariencia. Algo faltaba en las ecuaciones. Y ese ingrediente resultó ser mucho más inesperado de lo que imaginaban.
El sorprendente mecanismo que permite formar hielo sin polvo
Habitualmente, las nubes necesitan pequeñas partículas suspendidas en la atmósfera para desarrollarse. El vapor de agua se deposita sobre estos diminutos núcleos, como granos de polvo, y forma cristales de hielo.
Este mecanismo se conoce como nucleación heterogénea. Pero el nuevo estudio publicado en Nature Geoscience apunta hacia una alternativa mucho más extraordinaria: la nucleación homogénea, en la que el hielo aparece directamente a partir del vapor de agua, sin necesitar partículas preexistentes.
Aunque este proceso se había considerado teóricamente posible en determinadas regiones atmosféricas de la Tierra y Venus, no se había identificado de manera concluyente en condiciones naturales. ¿Cómo consigue entonces Marte crear semejante nube?
La explicación comienza con el propio volcán. Cuando los vientos encuentran Arsia Mons, generan una intensa onda atmosférica que impulsa aire húmedo varios kilómetros hacia arriba en cuestión de minutos.

Nube Alargada de Arsia Mons (AMEC)
Durante ese ascenso, la temperatura puede descender unos 30 grados en apenas 10 minutos. El enfriamiento provoca niveles extremos de sobresaturación, suficientes para favorecer la formación espontánea de cristales de hielo.
Según la Agencia Espacial Europea, las condiciones necesarias para este mecanismo implican niveles de humedad relativa extraordinarios, más de 100.000 veces superiores a los habituales en nuestra experiencia cotidiana terrestre.
Lo verdaderamente revolucionario no es que Marte tenga nubes, sino que podría fabricarlas mediante un mecanismo que hasta ahora se consideraba prácticamente inviable en una atmósfera real.
El descubrimiento que podría cambiar nuestra comprensión de las nubes terrestres
Para comprobar su hipótesis, el equipo encabezado por Jorge Hernández-Bernal, de la Universidad de la Sorbona, incorporó este mecanismo físico a un modelo meteorológico marciano. El resultado fue revelador: la simulación consiguió reproducir características esenciales de la nube que los modelos anteriores no lograban explicar.
Los autores reconocen que todavía existen diferencias entre las simulaciones y las observaciones. Por tanto, el estudio aporta pruebas sólidas a favor del mecanismo, aunque no constituye una observación directa de cada cristal formándose.
Sus consecuencias podrían extenderse más allá de Marte. Como señala un análisis científico publicado también en Nature Geoscience, estos resultados invitan a reconsiderar si determinados procesos de formación de hielo atmosférico podrían producirse sin partículas de condensación en otros mundos.
Esto incluye regiones extremas de la atmósfera terrestre, Venus e incluso algunos exoplanetas. Una nube que aparece y desaparece cada mañana sobre un volcán marciano podría convertirse así en una inesperada clave para comprender la física de las atmósferas planetarias.
NATIONAL GEAORAPHYC España/Sergio Parra
NAUTILUS/David Nield
La Tierra y Marte pueden ser mundos rocosos vecinos, pero se formaron de maneras diferentes.
"Cabría esperar que dos planetas formados uno al lado del otro en el mismo sistema solar compartieran una historia de formación más similar."
Hace unos 4.500 millones de años, el sistema solar era un lugar muy concurrido. El joven sol estaba rodeado por un disco giratorio de gas y polvo, en cuyo interior se estaban formando los primeros componentes básicos de los planetas.
En una imagen antigua, los granos de polvo chocaron y se unieron para formar guijarros, que crecieron hasta convertirse en cuerpos rocosos de kilómetros de ancho conocidos como planetesimales. Estos planetesimales chocaron repetidamente entre sí y se fusionaron, formando planetas a lo largo de decenas de millones de años.
Aún no se ha determinado si la Tierra y Marte se formaron mediante un único proceso o una combinación de ambos. El equipo de Copenhague se propuso poner a prueba estas hipótesis estudiando la composición química de la corteza y el manto de ambos planetas.
Los investigadores se centraron en elementos volátiles como el sodio, el zinc y el potasio, que se evaporan fácilmente a altas temperaturas. Por lo tanto, la presencia o ausencia de estos elementos constituye una huella química del calor y la violencia que sufrió un planeta durante su formación, según los investigadores.
¿Qué ruta de formación es la más adecuada?
El equipo introdujo los datos sobre las reservas de elementos volátiles tanto de la Tierra como de Marte en modelos informáticos para probar qué escenarios de formación se ajustaban mejor, y los resultados favorecen un modelo híbrido.
Según el estudio , al menos el 75 por ciento de la masa de la Tierra parece provenir de dos planetas jóvenes, conocidos como protoplanetas, que crecieron al acumular guijarros, mientras que los planetesimales aportaron hasta el 25 por ciento.
En el caso de Marte, el equipo cree que este equilibrio se invirtió, y que aproximadamente tres cuartas partes de su masa parecen provenir de planetesimales, y el cuarto restante de la acumulación de guijarros.
Se desconoce la composición química exacta de la materia prima que dio origen a la Tierra y Marte, por lo que los cálculos se basan en suposiciones, señala el estudio. Sin embargo, ajustar dichas suposiciones no alteró la conclusión principal, según Haiyang Wang, codirector del estudio y profesor de la Universidad de Copenhague.
El equipo argumenta que su método es más directo que el enfoque basado en isótopos, ampliamente utilizado en este campo, que "a menudo puede interpretarse de múltiples maneras", según Wang.
La técnica utilizada por los investigadores podría aplicarse en el futuro a mundos más allá del sistema solar, planetas extrasolares o exoplanetas .

Una ilustración de la Tierra (izquierda) y Marte (derecha), vecinos y planetas terrestres, pero construidos de manera diferente. (Crédito de la imagen: NASA/ESA/Robert Lea (creada con Canva))
A medida que futuras misiones descubran planetas similares a la Tierra alrededor de otras estrellas, para determinar si esos mundos podrían ser habitables será necesario tener una idea de qué están compuestos.
"Si comprendemos cómo los planetas pierden elementos volátiles durante su formación, también podremos predecir mejor la cantidad de agua y otras sustancias esenciales para la vida que finalmente retienen", concluyó Johansen.
Esta investigación se describe en un artículo publicado el 25 de septiembre en la revista Nature Astronomy.
Space - Sharmila Kuthunur 20261006
UNIDADES DE DISTANCIAS EN ASTRONOMÍA
Las distancias en el universo son tan enormes que utilizar kilómetros resulta poco práctico. Por ello, los astrónomos emplean unidades especialmente diseñadas para medir el espacio a distintas escalas.
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La más cercana es la Unidad Astronómica (abreviada au, ua, AU o UA), equivalente exactamente a 149.597.870,7 kilómetros, la distancia media entre la Tierra y el Sol. Es la unidad ideal para describir las dimensiones del Sistema Solar.
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Esta definición está en vigor desde la asamblea general de la Unión Astronómica Internacional (UAI) del 31 de agosto de 2012, en la cual se dejó sin efecto la definición «gaussiana» usada desde 1976, que era «el radio de una órbita circular newtoniana y libre de perturbaciones alrededor del Sol descrita por una partícula de masa infinitesimal que se desplaza en promedio a 0,01720209895 radianes por día»
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Para medir la distancia a las estrellas cercanas se utiliza el método de la paralaje, que consiste en observar el ligero cambio de posición aparente de una estrella cuando la Tierra se encuentra en lados opuestos de su órbita, separados por 2 unidades astronómicas (unos 300 millones de kilómetros). Cuanto más cercana está la estrella, mayor es ese desplazamiento aparente.
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De este método surge el pársec (pc), definido como la distancia a la que 1 unidad astronómica subtiende un ángulo de 1 segundo de arco. Un pársec equivale aproximadamente a 3,26 años luz, 206.265 unidades astronómicas o 30,86 billones de kilómetros.
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Otra unidad muy conocida es el año luz (ly), que representa la distancia que recorre la luz en el vacío durante un año: aproximadamente 9,46 billones de kilómetros. Es la unidad más utilizada para expresar las distancias entre estrellas y galaxias.
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Cuando las distancias son aún mayores, los astrónomos utilizan el kilopársec (kpc), equivalente a 1.000 pársecs, y el megapársec (Mpc), equivalente a 1.000.000 de pársecs, unidades indispensables para medir el tamaño de las galaxias, cúmulos de galaxias y las grandes estructuras del universo.
https://www.iau.org/static/resolutions/IAU2012_English.pdf
EL UNIVERSO EN CONSTANTE MOVIMIENTO
Imagina que estás flotando en medio del espacio. No hay puntos cardinales ni horizonte que te diga dónde estás. Y, además, nada permanece quieto.
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La Tierra gira sobre sí misma a unos 1.670 km/h en el ecuador.
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Al mismo tiempo, orbita alrededor del Sol a unos 107.000 km/h.
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El Sol, junto con todo el Sistema Solar, se desplaza alrededor del centro de la Vía Láctea a unos 828.000 km/h, y nuestra galaxia también se mueve respecto a otras galaxias.
Entonces,
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¿Cómo podemos saber dónde estamos y hacia dónde vamos?
La respuesta es que, en realidad, no necesitamos encontrar un lugar que esté quieto.
En el universo, la posición y el movimiento siempre se describen respecto a algo. Es lo que en física se llama un sistema de referencia.
Durante miles de años, las estrellas fueron nuestros puntos de referencia. Aunque también se mueven, están tan lejos que su posición aparente cambia muy lentamente a escala humana, eso no permite construir mapas del cielo utilizando un sistema de coordenadas parecido a la latitud y longitud de la Tierra.
La posición de una estrella se expresa mediante dos coordenadas: ascensión recta y declinación. Son, simplificando mucho, el equivalente celeste de longitud y latitud.
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Pero hay un problema: la Tierra se mueve y su eje de rotación también cambia lentamente de orientación.
Por eso las coordenadas astronómicas necesitan especificar una época de referencia.
Es como hacer una fotografía del cielo y decir:
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"Estas eran las coordenadas de cada objeto en este momento concreto."
Entonces, la Tierra donde esta?
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Los astrónomos utilizan objetos extremadamente lejanos, especialmente cuásares, como puntos de referencia prácticamente fijos para nuestros mapas celestes.
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Los cuásares son núcleos extremadamente luminosos de galaxias lejanas, alimentados por agujeros negros supermasivos. Algunos están a miles de millones de años luz.
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A esas distancias, su movimiento aparente sobre el cielo es minúsculo. Por eso pueden servir como una especie de faros cósmicos.
La astronomía moderna utiliza redes de cuásares para establecer un sistema de referencia celeste extremadamente preciso: el International Celestial Reference Frame (ICRF).
Y esto nos permite:
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Determinar la posición de la Tierra respecto a esos objetos lejísimos con una precisión extraordinaria.
Una de las técnicas utilizadas es la interferometría de muy larga base (VLBI).
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Se reciben las señales de radio de los mismos cuásares con radiotelescopios situados en diferentes lugares de la Tierra y se comparan los tiempos de llegada de las ondas.
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Como conocemos la posición de los radiotelescopios y podemos medir diferencias de tiempo diminutas, podemos determinar con enorme precisión la orientación de nuestro planeta y las posiciones de los objetos celestes.
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Es, en cierto modo, un GPS a escala cósmica.
Todo esto nos permite:
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Saber dónde estamos.
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Y cómo nos estamos moviendo.
El universo no necesita estar quieto para que podamos orientarnos
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En realidad, ocurre justo lo contrario. La astronomía funciona porque podemos establecer relaciones entre objetos y sistemas de referencia: estrellas, planetas, cuásares, galaxias y, a escalas cosmológicas, el fondo cósmico de microondas.
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Es como navegar en un océano en el que el barco, el agua, las corrientes y hasta el propio océano están en movimiento.
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No necesitamos encontrar un punto absolutamente inmóvil.
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Solo necesitamos saber respecto a qué estamos midiendo.
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Y quizá esa sea una de las ideas más profundas que nos ha enseñado la física moderna: en el universo, "¿dónde estoy?" y "¿a qué velocidad me muevo?" no tienen una respuesta única.
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Siempre hay que añadir una pregunta más:
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¿respecto a qué?
Fuentes y referencias:
NASA; ESA; International Astronomical Union (IAU); International Earth Rotation and Reference Systems Service (IERS); International VLBI Service for Geodesy and Astrometry (IVS); International Celestial Reference Frame (ICRF3), IAU; Planck Collaboration, Planck 2018 results. VII. Isotropy and statistics of the CMB.
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